¿Cita a ciegas o ciego de citas?

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No hay peor momento en la vida sentimental de una persona que el desespero. En cualquier forma y situación, el desespero hace que uno tenga comportamientos como enviar un mensaje borracho a quién no quisiera recibirlo o decidir zanjar una situación de crisis con un pequeño proyecto, como puede ser un hijo. (Lo de pequeño es por el tamaño del pequeñín, no por el de la responsabilidad que conlleva).

Por si todavía no lo has descubierto, ¡hoy hablaremos sobre citas a ciegas! Que frecuentemente vienen acompañadas de un momento interno del tipo: “Necesito un novio. Definitivamente necesito un novio. Me aburro sola, ya no estoy para ir de flor en flor y a este paso se me va a pasar el arroz…” o de este otro: “Estoy harta de conocer tíos y ninguno me gusta lo suficiente: el que no es un plasta, es un sobón, el que no un frikie o un egocéntrico… ¡y la mayoría ni saben vestirse! ¡tengo que conocer más! ¡o mejor!” Así que ya sea por uno u otro motivo, nos encontramos ante una misma situación de necesidad: EL TÍO, que no UN TÍO. Sino el que te metieron en el subconsciente todas las películas de Disney que de pequeña veías una y otra vez: apuesto, alto, guapo, sensible, caballero, simpático, galán, amable, divertido, romántico, inteligente, rico (¿y por qué negarlo?) ¡Vivir bien también nos gusta! Aunque hoy en día bajar el listón a solvente no sería una mala idea…

En definitiva, la que todavía no ha llegado a la conclusión de cuánto daño hizo Disney luchará incansablemente con la cruda realidad hasta que algún representante del sexo masculino le dé una colleja lo suficientemente grande, como para reaccionar y ver, que no existe hombre así y, si existe, las posibilidades de que esté contigo, que seguramente no seas la tía buena, dulce, inteligente, carismática, sexy, divertida, amante, amiga, culta, con estilazo, sin enfadarte jamás, que no llora por tonterías, y todo ello haciendo deporte casi a diario y comiendo de todo, gustándote el football, el tenis, el handball, el golf, el ski de montaña, los videojuegos, los coches, las motos… (y siendo de su equipo, en todos los ámbitos deportivos), no tienes nada que hacer.

Llegado a esta punto, por tanto, y habiendo decidido renunciar a “cosillas” nos plantamos ante el momento tan típico, sobretodo cuando tus amigos conocen en qué punto de desespero te encuentras de recibir LA LLAMADA DE TELÉFONO.

–          ¡¡¡Ring, ring!!!!

–          ¿Sí? – es Marta- piensas

–          Hola Esther, ¿qué tal?

–          ¡Muy bien tía! De jueves… hoy tengo una cena con las del cole, ¿te acuerdas? –bla, bla, bla-

–          Oye, Esther, pues yo te llamaba porqué Pablo y yo estamos organizando una cena, así en petit comité, este finde, y nos gustaría que vienieras…

–          Ah… ¡muy bien! ¿dónde? ¿quién viene?

–          Pues Pablo se lo ha dicho a Luis, ¿te acuerdas del viaje aquél que hicieron el año pasado a Los Alpes? Pues fue con él, es la bomba, y súper guapo tía… -aquí ya te lo está encolomando… -piensas- la idea era hacer una cena tranquila en casa, tomarnos unos Gin Tonics…

–          ¡Ah vale! ¿A qué hora? ¿El sábado? ¿Qué traigo?

–          ¡Nada! Con que vengas tú es suficiente… sí el sábado a las 9:30…

–          ¡Ok guapa!¿Nos vemos el sábado entonces!

–          ¡Adiós!

–          ¡Ciao, un besito!

Y llega el sábado… alrededor de las 20:00 horas y empiezas el ritual de belleza con una buena ducha… descorres la cortina, toalla de manos enroscada en el pelo, albornoz y untamiento de crema hidratante. Desde el dedito más pequeñito del pie hasta el último milímetro de la frente. Te desenredas el pelo, te lavas los dientes, miras si necesitas ultimar tu depilación echándole un ojo al entrecejo, te pones desodorante, y comienzas a secarte el pelo, maquillarte… ¡hasta que estás lista!

Resultado: ¡No está mal! Y ya son las 21:25… llegaré diez minutillos tarde, -piensas- ¡perfecto!

Coges las botellitas de Perro Verde bien fresquito que has comprado por la tarde en el colmado de la esquina, que aunque te hayan dicho que no lleves nada sabes que un par de botellitas de vino blanco nunca están de más… y bajas a coger un taxi.

Diez minutos después, en la puerta de casa de Marta y Pablo, te preguntas constantemente quién te manda haberte metido en este fregao’… decidirás tocar el timbre, te arreglarás un poco el pelo y comprobarás el estado del gloss en el espejo del ascensor.

Y llega la hora de la verdad. ¡Palante’, como los de Alicante! Estás nerviosa, para que negarlo, os presentan, sientes que te mira pero disimula. Intentas no ponerte nerviosa, pero sabes que está pensando algo… y concluyes… ¡pero que más te da Esther! ¡Si ni siquiera te gusta! Y transcurre la cena…. Sin pena pero sin gloria, con sus momentos de silencios incómodos, a pesar de que Marta y Pablo se empeñan en llenarlos de anécdotas con uno y con otro… y al final, resultó ser una agradable noche de sábado, que terminó –o no- como Marta y Pablo esperaban, ¡pero que no llegó a colmar tus expectativas de Disney! ¡O por lo menos esa fue mi experiencia!

Esther

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